EDIPO ROMÁNTICO
Hegel, Freud y Borges

Rafael Lara-Martínez *

"Edipo y el enigma",
poema de Jorge Luis Borges,
del libro El otro, el mismo (1964)

Cuadrúpedo en la aurora, alto en el día
Y con tres pies errando por el vano
Ámbito de la tarde, así veía
La eterna esfinge a su inconstante hermano,

El hombre, y con la tarde un hombre vino
Que descifró aterrado en el espejo
De la monstruosa imagen, el reflejo
De su declinación y su destino.

Somos Edipo y de un eterno modo
La larga y triple bestia somos, todo
Lo que seremos y lo que hemos sido.

Nos aniquilaría ver la ingente
Forma de nuestro ser; piadosamente
Dios nos depara sucesión y olvido.

La figura de Edipo posee una larga historia.  Nadie dudaría en retrasar los orígenes del mito en la Grecia antigua.  Si nos pidieran narrar la historia trágica de ese personaje, de inmediato, la mayoría de nosotros la resumiríamos en una sola sentencia: “se trata de un noble que  mató a su padre y poseyó a su madre”.  Así de simple, creemos haber sintetizado el pensamiento de una civilización antigua.  Sin embargo, lo que hemos hecho es repetir una interpretación bastante reciente del mito.

En efecto, esa síntesis no proviene de una fuente griega original.  Más bien, al aceptarla como verdadera, nos situamos nosotros mismos en plena modernidad. Edipo es la figura que el siglo XX heredó del fundador del psicoanálisis, el austríaco Sigmund Freud (1856-1939).  Pero no es la única y, a decir verdad, es quizás la menos griega.  En el prólogo a su Obra poética, 1923-1977, el poeta argentino Jorge Luis Borges la llamó “la triste mitología de nuestro tiempo”.  No obstante, como buen hijo de su propio tiempo, Borges no pudo escapar a esa misma mitología que él denunciaba.  Por eso nos entregó su poema “Edipo y el enigma”.   Esos versos encabezan nuestro escrito. Resolver el problema en su integridad sería rescatar la imagen original de Edipo.   Pero, ¿es esto posible?  La tarea es difícil.  Pocos tienen acceso a los manuscritos originales, y más contadas aún son las personas capaces de leer el griego antiguo.  Como si estos dos obstáculos no fueran suficientes, los siglos que median desde Sófocles (496-406 a.C.), su obra Edipo tirano (Oidipous tyrannos, hacia 430 a.C), y nuestra época, han generado un doble movimiento entre el borrón y lo añadido. 

El borrón es aquello que una interpretación reciente omite; lo añadido, aquello que se subraya e incluso se agrega.  Para el caso de nuestro freudianismo generalizado, se halla ausente la figura central de la Esfinge; pero se acentúa hasta el cansancio el asesinato del padre y la posesión de la madre.   Obviamente, los términos podrían invertirse.  Si Freud desdeñó la importancia de la Esfinge, ¿no podría otro pensador tomarla como foco de su teoría y descartar por completo la cuestión del núcleo familiar: Padre-Madre-Edipo? 

Ya leímos que Borges la rescató e hizo de nuestra alma un verdadero triángulo complejo entre animal (tigre), Esfinge y humano: “la larga y triple bestia somos” (sobre el animal, léase el poema “El otro tigre [los tres tigres]”, en El hacedor (1960), no incluido por razones de espacio).  El poeta argentino remitió a una composición íntima, anímica, todo conflicto entre posiciones familiares codependientes.  Quizás no sea exagerado establecer una correspondencia entre Padre-Madre-Edipo, por una parte, y Animal-Esfinge-Humano, por la otra.  La diferencia interna de tres lugares en el alma, Ello-Superego-Ego, reproduce la tríada del núcleo familiar.

Freud olvidó comentar en detalle el papel central de la Esfinge; esta figura no concordaba con su “triste mitología” sobre el carácter edípico de la familia moderna.  A sus ojos, el acertijo de la Esfinge significaba el deseo supremo del niño por resolver un dilema vital: “¿de dónde vienen los bebés?”.  Pero Freud no inventó la figura de Edipo.  Como nosotros, él recibió el mito gracias a una larga tradición literaria y filosófica. Al repetir sin más la síntesis del freudianismo, precisamente, hemos subestimado esta larga tradición. 

Imaginemos toda exploración del pasado como similar a una excavación arqueológica.  Tal vez así podamos concebir que para arribar al meollo de Edipo, antes que un original, debemos considerar varios estratos o capas superpuestas.   La freudiana sería una de las más recientes.  Bastaría situarnos unos cien años antes, ya no en Austria del  cambio de siglo antepasado, sino en la Alemania de los románticos, en la ciudad de Iena, hacia finales del siglo XVIII, para encontrar el reverso del freudianismo.  Ese cambio es similar a dejar de escuchar las sinfonías de Gustav Mahler y prestarle mayor atención a la música de cámara de Ludwig van Beethoven.  Mejor aún, habría que reflexionar sobre el ciclo de canciones “Viaje de invierno” (Winterrreise) de Franz Schubert, y proseguir la formación del lieder o arte romántico del canto para solo de voz, con acompañamiento de piano . 

En ese momento, la filosofía occidental recobra el papel primordial de la tragedia.  Por supuesto, el antecedente clásico era la Poética de Aristóteles (384-322 a.C.).  En ese libro, el filósofo griego propone la tragedia y, en particular, el Edipo tirano de Sófocles como obra literaria ejemplar.  Nuestro gusto actual por la novela o roman nunca lo hubieran refrendado ni griegos ni románticos, ni tampoco Borges. 

La obra suprema es el drama trágico.  En efecto, allí se juega la esencia filosófica de la humanidad: el concepto de la libertad y el del saber.  Sin embargo, en lugar de resolver esa esencia de manera simple, los románticos de Iena entrevieron una profunda paradoja.  En el fondo, los humanos cargamos una contradicción.  Edipo es el nombre y la figura de la dificultad de reconciliar la naturaleza objetiva, la necesidad, con la individualidad subjetiva, la libertad.  Él es el “culpable inocente”; por eso, prefigura a Sócrates (470-399 a.C.).  Esta imagen compleja, el filósofo G. W. F. Hegel (1770-1831) la retomó veintisiete años después.  Al iniciar sus cursos sobre Filosofía de la historia, en Berlín, en el invierno de 1822-23, Hegel le otorgó al Edipo romántico un sesgo distinto, muy particular.

Años antes, Hegel había sido uno de los miembros más activos de los románticos de Iena.  Este grupo conformó la primera “generación comprometida” o agrupación artística de vanguardia.  Para un buen número de estudiosos del arte, todos los grupos comprometidos de vanguardia han repetido, en el siglo XX, el gesto inaugural de los románticos: soldar poesía, vida y política en un todo único.  Poesía romántica y revolución siempre han ido a la par; en el romanticismo de Iena, se trataba del lazo entre la revolución francesa y ese mismo movimiento literario.  Hegel ayudó a redactar el corto manifiesto del romanticismo intitulado: “El más antiguo programa sistemático del idealismo alemán”.  Incluso, el manuscrito de ese texto fundador de la primera vanguardia proviene de mano de Hegel, en el verano de 1796.

Ese programa sistemático asienta varias premisas que muchos escritores seguimos haciendo nuestras más de doscientos años después.  Sólo se llama Idea lo que es objeto de la libertad; debemos rebasar el Estado.  La Idea que une todas las ideas, la belleza, el acto supremo de la  razón, es un acto estético.  La filosofía del espíritu es una filosofía estética.  A la poesía le atañe ser la educadora de la humanidad.  Sólo la poesía sobrevivirá a todo el resto de las ciencias y de las artes.  Todo conocimiento culmina en la poesía.  No otros son los principios que hemos heredado del romanticismo.  Estos parámetros guían aún un sinnúmero de nuestras creaciones artísticas y propuestas políticas contemporáneas.

 El filósofo adulto, el profesor Hegel, renegó de sus filiaciones tempranas con el romanticismo.  Pero la idea de convertir a Edipo en una figura clave para entender la evolución histórica humana, posee sus raíces en esa experiencia de militante de vanguardia.  Edipo es la fidelidad del hegelianismo a sus raíces románticas ineludibles.  Incluso el Edipo freudiano antes que griego es romántico.

En su Filosofía de la historia, Hegel incluyó tres páginas sobre la figura de Edipo.  Pueden parecernos breves; no obstante, su papel es nodal.  Edipo marca la transición del mundo oriental al griego.  A nivel de las ideas, él inicia la globalización.  Aparece en el momento en el cual surge, por vez primera, el Espíritu del Occidente.  Lo curioso no es tanto que continuemos declarándonos edípicos; más bien, nos sorprende que al Occidente le haya llevado casi dos mil años para reconocer su destino en esa antigua figura.  ¿Otros tantos nos tomará forjarnos una nueva imagen [Bild] de nosotros mismos?

La historia es la progresiva realización del Espíritu en la materia.  Paulatinamente, el Espíritu adquiere una mayor independencia con respecto a sus determinantes naturales.  El paso esencial es el desarrollo de la autoconciencia y el de su facultad de autoconstitución.  El Espíritu centra toda actividad en sí y, en ese instante, de manera autónoma, existe conteniéndose a sí mismo  (Bei-sich-selbst-seyn). 

Ese momento se llama Grecia.  Allí surge la matemática, la ciencia, la filosofía y la conciencia de la libertad.  La “transición al mundo griego” significa romper con el Espíritu egipcio que le precedía.  Hegel nos propone repetir el Éxodo hebreo.  Hay que salir de Egipto y encaminarse hacia la Tierra Prometida del autoconocimiento. 

Los egipcios estaban aún limitados por la materialidad de los símbolos concretos.  Privilegiaban el arte de la arquitectura y el de todo lo sensible.  Por ello, su pensamiento nunca pudo alcanzar lo abstracto ni lo universal.  Cualquier problema o resolución de la conciencia de sí, se regía por un enigma.  “Yo soy lo que soy, lo que era, y lo que seré; nadie ha alzado mi velo […] el fruto que he producido es Helios”; ésta es una inscripción grabada en el santuario de la Diosa Neith en Saís. 

El misterio regula todo acceso a la verdad.  En Egipto, el Espíritu humano se hallaba aún encerrado en lo tangible, en la piedra y en el símbolo.  Para liberarlo, fue necesario que la humanidad aceptara la enseñanza del griego Apolo: “humano, conócete a tí mismo”.  La marcha del Espíritu, la historia universal, es el paulatino despliegue de ese autoconocimiento. 

Apolo nos dio la pauta para trascender lo corpóreo y fijar la búsqueda de la verdad en la interioridad de cada uno de los humanos.  Entonces el arte -la encarnación de la Idea- se vuelve la verdadera religión.  Pero ese paso no lo completa una divinidad griega.  Quien resuelve el enigma egipcio, el enigma de la verdad, es Edipo.  Si el momento esencial de la autoconciencia se llamaba Grecia, el de la persona que encarna esa autorrevelación posee un nombre propio: Edipo en Tebas.

La figura mítica de la Esfinge representa el Espíritu egipcio. Su mensaje oculto es un concepto de la verdad; la respuesta de Edipo, la verdad como des-cubrimiento (a-letheia).  La verdad ilumina (Helios); por ello, su fruto es el Dios Solar, Helios.  El griego Edipo hace público el indicio simbólico de la Esfinge egipcia.  “¿Cuál es el animal que por la mañana camina con cuatro pies, al mediodía con dos y por la noche con tres?”.  Al responder con la sentencia “el ser humano”, Edipo derrumba y hunde el Espíritu egipcio en un abismo.  De ahí en adelante, todo esoterismo se vuelve obsoleto.  La verdad deberá presentarse de manera clara, sin símbolos secretos que la encubran.  Edipo marca el paso de la ignorancia al saber.  Es la figura de la autoconciencia y de la identidad humana.  Los arcanos religiosos y misterios antiguos han quedado suplantados por el discurso de la razón, por la filosofía y  la ciencia.

Esa es la primera contribución de Edipo; él nos revela que la verdad es sinónimo de des-cubrimiento razonado.  Pero, además, Edipo nos señala el sitio exacto donde se plasma la verdad: “el ser humano”.  Lo que Egipto disimulaba, Grecia lo vuelve manifiesto en el propio sujeto.  Para Edipo, la revelación de la verdad sucede en nosotros mismos; Freud diría en el Ego.  Sin apelar a la tradición ni recurrir a una ayuda sobrenatural, Edipo indaga su propia subjetividad.

Se trata de una transición de lo exterior a lo interior.  El ser humano se convierte en medida de toda reflexión sobre el mundo natural y divino.  Entonces, cuando el Espíritu se libera de todo amarre material, ni la teología ni la física son posibles.  Divinidades y ciencias naturales quedan sujetas a la antropología: al ser humano mismo como sitio de la verdad.   Hegel es bastante explícito: “la solución y liberación del espíritu oriental [Egipto] es ciertamente ésta: que el fondo de la naturaleza es el pensamiento (el Espíritu), el cual no existe sino en la conciencia humana”.  La verdad es interna al sujeto.

Para Hegel, Edipo es el primer filósofo; es el amante y portador de un nuevo régimen interior de la verdad.  En él se resuelve todo conocimiento reflexivo sobre el universo natural y religioso.  A diferencia de sus antiguos compañeros románticos, Hegel eludió toda implicación trágica de esta reducción absoluta de las ciencias naturales y teológicas a la introspección.  Obviamente, contrastar las diversas imágenes románticas de Edipo va más allá de este corto escrito.  Tal vez en el futuro, en esta misma revista, se nos conceda la oportunidad de contraponer el trágico Edipo ateo del poeta romántico F. Hölderlin (1770-1843), al del filósofo.

Por el momento, interesa observar en el Edipo de Hegel un reverso del freudianismo; el triángulo hegeliano sería: Verdad-Esfinge-Edipo.  Hegel le concedió a la Esfinge y a la cuestión de la verdad en Edipo una importancia suprema; Freud, en cambio, se la otorgó a la tríada Padre-Madre-Edipo y a los tres lugares del alma humana, Ello-Superego-Ego.  La visión del alemán es bastante optimista; la del austríaco está cargada de pesimismo.  Hegel percibe en la historia un desarrollo o proceso continuo de racionalización.  Freud, por lo contrario, no puede concebir ese paulatino despliegue de la psique o alma humana sin la existencia de un residuo.  De aplicarle la corrección borgeana al psicoanálisis, ese residuo lo llamaríamos Esfinge.

En términos del freudianismo, el paso de Egipto a Grecia no responde a una simple progresión.  A lo mejor nunca hemos salido de Egipto.  Sea como fuere, en ese recorrido, ocurre que muchos de los antiguos símbolos, en lugar de precipitarse al abismo, permanecen latentes; quedan dormidos al interior de nuestra alma.  La Esfinge -la que Freud desprecia, pero Borges recupera- sería ese conocimiento intuitivo que todos los humanos llevamos impreso en nuestro sueño. 

Quizás la fascinación freudiana por Edipo la provocó una imagen romántica temprana.  Desde finales del siglo XVIII, cien años antes de sustituir la hipnosis por el análisis de la imaginación libre, Edipo era el deseo supremo por el saber.  Desde Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad (1905) hasta Teoría general de las neurosis (1917), el enigma de la Esfinge es el empeño del niño-filósofo por averiguar “de dónde vienen los bebés”.  La voluntad de saber es nuestro Edipo.  Al reconocernos cada uno de nosotros en él, sometemos toda subjetividad individual a la forma de un tipo humano objetivo.

Pero mientras en Hegel todo símbolo hermético quedaría sometido a la razón filosófica y científica, en el psicoanálisis borgeano, por la noche, todos nosotros somos Esfinge.  Al oscurecer, nos repetimos a nosotros mismos enigmas de antaño.  En esta última resistencia del símbolo a la razón, el romántico ya no es Hegel; en cambio, en múltiples de sus versiones, el psicoanálisis nos descubre sus hondas raíces en el romanticismo de Iena. 

El romanticismo es el lugar común a una gran porción de nuestra modernidad literaria y filosófica.  Algunos todavía creemos que “la política debe pasar” por la poesía; otros, que la razón nunca resolverá el misterio.  “El romanticismo es nuestra ingenuidad”.  Esta cándida y profunda creencia nos define como verdaderamente modernos…

Humanities, New Mexico Tech
Socorro, NM 87802
soter@nmt.edu
* Rafael Lara Martínez nació en El Salvador. Estudió antropología lingüística en México y Francia, y Literatura Latinoamericana en la Universidad de Carolina del Norte. Ha publicado numerosos artículos y libros sobre lenguas indígenas de Centro-América y sobre literatura salvadoreña. Recopiló la obra del poeta Roque Dalton. Actualmente se desempeña como profesor asociado de lenguas extranjeras en el New Mexico Institute of Mining and Technology, en Socorro, New Mexico, EEUU.

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